miércoles, 4 de abril de 2018

Los Malos Consejos para Escritores no Existen



Este artículo viene de la costumbre de demostrar por parte de los escritores —donde me incluyo— el buen afán de ayudar (o demostrar) a otros colegas como se mejor se nos dé. Ya de por sí es una ironía, pues dos personas pueden tomar el mismo camino o realizar la misma tarea y obtener resultados diferentes.
Por Internet hay decenas y decenas de artículos sobre consejos sobre escribir. ¿Qué es lo que sucede? Que encontramos tantos y tan variados (incluso algunos que se contradicen, y dentro del mismo artículo) que ya no se sabe a quién hacer caso. Pero entre toda esa guía revuelta, existen los llamados “malos consejos”, que se han propagado hasta el punto de ser considerados una anatema, trozos de ensayo que figuran en la lista negra del libro sagrado no escrito del escritor. Hay algunos con los que concuerdo, pues el puro sentido común ya te indica, pero otros me hacen llevar las manos a la cabeza por el más puro de los instintos. Entre mis deducciones, hay una que incluso no me resulta descabellada: que la pura envidia u orgullo tergiversa esos consejos para “dañar” a cualquier posible competidor. A un experimentado es raro afectarle, pero hay más cantidad de noveles y soñadores que de escribir saben lo básico, y es fácil que se crean y lleven a la práctica cualquier artículo recóndito del blog ubicado en el lugar más aleatorio.
Bien, sin otro ánimo mas que el de ayudar, quiero repasar de los más comunes para discutirlos, concluyendo el tema con que si de verdad es tan importante.



Nunca te salgas de tu género:

El primer mal consejo ya desvela que el principal problema de aconsejar es la subjetividad y la ambigüedad para quienes no tienen una experiencia formada.
Estoy de acuerdo en que hay que escribir y leer de todo. Todo. Sin cerrarse a nada, incluso lo malo porque enseña a cómo no hacerlo. Así se aprende y se expande el horizonte mental. Pero bien, una vez has hallado tu género, ¿qué problema hay en volverse un maestro en ello? El truco está en aprender de otros géneros para aplicarlos en el tuyo. Si eres capaz de ser un multi-género, adelante, pero de normal lo suyo es aprender de todos para aplicarlo a tu estilo personal, ese que te pueden imitar pero nunca copiar (cierto hecho marca de la casa *guiño guiño*).
Si pensamos de un modo editorial/comercial, lo más viable es colocar a un escritor en el género que más conoce y practica. De vez en cuando hay que arriesgarse (siempre) y lanzar algún título alejado de tu género. Stephen King así hace, sorprendiéndonos con alguna obra que poco tiene que ver con el terror. Imagino que las escribe cuando realmente siente que es necesario, sin forzarlo.


Muestra, no cuentes:

Me mata. Una de las claves del buen escritor puesta entre dicho. Este “mal consejo” nace de la falta de empatía y/o por la poca cantidad que se lee de media.
Es sencillo. Tú lees sobre alguien con el rostro enrojecido por la zona de la nariz, los ojos llorosos y un tanto fatigado. No te hace falta que nadie te diga que está enfermo, lo más probable con un resfriado. Antón Chejov comentaba que no describas la luna, muéstrala en el reflejo de una botella rota. Esa es una de las claves de escribir bien, el cómo lo cuentas y, por favor, el lector no es tonto, y tiene la sensibilidad necesaria para comprender a qué te refieres, a reaccionar ante una bella imagen. A falta de poder aplicar lo de una imagen vale más que mil palabras, el escritor se ve obligado a activar la imaginación del lector.
Este pretexto, que espero no esté tan expandido, nace de la comodidad y las ganas por esforzarse en esforzarse poco, en creer que con describir y describir es suficiente (irónico para la comodidad). En la vida real no tenemos al lado alguien comentando todo lo que vemos (aunque existen personas así). La literatura en comparación rellena ese hueco y hace de la función transmisora que luego interpreta nuestro cerebro. Si una línea me la puedes resumir en dos o tres palabras visuales bien combinadas, es que algo funciona. Lo mismo para un párrafo resumido en dos o tres líneas.
Puede que la confusión surja de cómo contamos el punto de vista del personaje. Si es primera persona es lo más sencillo, nos limitamos al modo de ver el mundo de un único personaje. Si es en tercera usando a varios, podemos ir saltando, con los giros y sorpresas que eso conlleva, jugando con el variado modo de ver que tienen diferentes personas sobre el mismo lugar, persona o suceso.
Por favor, muestra, el ser humano medio comprende una escena sin que se le explique el porqué de ciertos detalles y gestos. El cine ya nos ha enseñó a comprenderlo (hasta el vicio).


Acorta:

Se sabe que escribir una novela o relato extenso requiere del mismo trabajo tanto de escribir como de corregir. La impaciencia por publicarlo o enseñarlo a la humanidad entera logra que la parte de corrección sea tratada a la ligera. Dentro de este proceso, existe el consejo profesional de acortar. Corta, resume, elimina… parece que no, pero por experiencia aseguro que es de lo mejor que se puede hacer.
Vivimos en unos tiempos de prisas de un sol a sol cada vez más rápido, de consumir lo máximo posible en menos tiempo (lo cual mata a las buenas obras, que requieren de ser disfrutadas y analizadas con calma), así que este detalle, ahora más que nunca, es necesario si uno quiere ser leído, aunque es más importante por el motivo principal de lograr algo interesante de leer. Duele matar a nuestros seres queridos (eso comenta Stephen King en su famoso libro didáctico), pero el resultado final se nota. Mas que acortar, es ir directo, con la clave de mantener al lector dentro de la imaginación, del sueño constante.
En el primer borrador solemos escribir de más, volcamos todo lo que tenemos dentro y, a menos que seas Mircea Cartarescu (que a la primera le surge lo que va a ser publicado), un buen porcentaje no es necesario para contar lo importante de la historia. Tras escribir todo el bloque y dejar reposar, al retomar es el momento de analizar qué es vital e imposible de quitar. No te engañes, hay mucha cantidad que sobra, y párrafos importantes siempre pueden ser acortados. Se sabe que cada párrafo de un libro bien compuesto no sobra porque cuenta algo que tiene que ver con la trama, o que contiene detalles que son o serán importantes. Al inicio es normal describir cómo son los personajes con sus comportamientos y acciones, pero después comienza la aceleración que permite atrapar la intriga del lector, y eso se logra acortando.
Insisto, no es (sólo) porque vivamos deprisa, sino porque es necesario para que el lector no sienta que está perdiendo el tiempo al leer ciertos trozos. Ahí está el meollo de este arte, saber capturar y no soltar a cada línea. No temas acortar para poder unir dos trozos separados por culpa de una o varias palabras grises. Toca invertir el mismo tiempo que escribiendo. Ah, sí, en la revisión te dará por añadir. No es tan buena idea como parece.


Escribe sólo una cosa al mismo tiempo:

Este supuesto mal consejo me pilla. Al parecer, quienes lo defienden es porque se atascan con sus novelas y se dedican a escribir otras. Bueno, si eres capaz, de acuerdo, pero prefiero lo de una cosa detrás de otra. Lo de atascarse… si uno ha leído y escrito lo suficiente nunca debería sucederle. Lo de la hoja en blanco es más una leyenda, porque existen tantos temas e ideas por contar que no creo que una única persona pueda contarlas todas. Por otro lado, se conoce que la musa te pilla trabajando, y si te sientes poco inspirado, es tan sencillo como ponerte a escribir por escribir. Deja calentar los motores.


Escribe sobre lo que sabes:

De nuevo, la ambigüedad. Sí, hay que escribir de lo que eres entendido, pues da gusto tanto escribirlo por parte de uno como leerlo por parte de otra persona; pero no, porque te quedas en tu zona de confort y a la que hace cinco artículos o reseñas descubren que estás limitado o eres monotemático. Es como el primer mal consejo, sobre lo de quedarse en tu género predilecto. Lo suyo es leer de todo para evitar este supuesto problema, hablar y conocer a la mayor cantidad de personas y visitar lugares: vivir, acumular experiencias. Con ello se logra que lo que escribes sea variado y no parezca que escribes sobre lo que sabes, sino que hablas en un lenguaje más universal.
Pero hoy en día nos movemos poco del lugar donde está el ordenador (hablo de la media de escritores, pero se sabe que se expande a más tipos de personas), leemos deprisa y corriendo y en su mayoría son discusiones (que no debates) de las redes sociales, y conocemos gente de la que no sabemos cómo son en aspecto. ¿Cómo esperamos escribir algo creíble? Aunque las generaciones cambian, y puede que les resulte más verosímil el que escribas sobre gente sin describir sus gestos y costumbres en sociedad más allá de las aficiones, que ya no haga falta hablar sobre su rostro pues basta con señalar que tiene el del personaje de moda. Las referencias a la orden del día, lo que me aconsejaron en su momento que no hiciese, ahora es una necesidad para conseguir cierta “empatía” al ser leído.
En resumen, sal de vez en cuando de lo que dominas. Documentarse es uno de los mejores procesos a la hora de escribir. Deja de visualizar esa serie o película al doble de velocidad y ponte a descubrir sobre el mundo.


Adverbios y adjetivos:

Este mal consejo sí que está expandido. Su origen nace del citado “Mientras Escribo” de Stephen King, donde recomienda no usar nunca adverbios. Lo que nadie ha caído en la cuenta es que se refiere al inglés, pues de hecho el propio traductor tuvo el detalle de indicarte que son palabras terminadas de normal en –ly. En castellano son las terminadas en –mente. Así que tenemos una norma que se ha tomado a rajatabla, siendo criticados aquellos que usen prontamente cualquier adverbio que modifique al verbo cruelmente.
Este consejo mal interpretado por un “lost in traslation” hay que entenderlo como que no hay que abusar de adjetivos y adverbios. Abusar, que no el no utilizar jamás. No pasa nada por colar alguno de vez en cuando. Queda claro que queda mejor y menos vago el no usar adjetivos, lo de la botella rota y el reflejo de la luna y eso, pero tampoco voy a dejar de leer un libro interesante sólo porque me diga que una bicicleta está, simplemente, rota. Es impreciso para la imaginación, pero ya se encarga el cerebro de arreglarlo. El problema es si cada línea tiene un adjetivo, pues me saca del sueño vivido que supone leer.


Empieza por la mitad:

Otro consejo que se ha tomado a la literal. Cuando se dice que comiences tu historia por la mitad, no se refiere a que comiences a escribir tu novela por en medio y luego realices el inicio o el final. Se refiere al clásico y efectivo truco de contar al iniciar la historia una escena de la trama avanzada. Esto produce que el lector se interese sobre cómo se ha llegado a ese punto y el qué sucederá después, por lo que no tiene otra que leer la primera mitad de la novela para llegar de nuevo a ese punto. ¿Es tramposo? Un poco, pero da la emoción e intriga que se busca, y seguro que el lector no se siente engañado una vez cumplas con las expectativas de esa primera escena adelantada en el tiempo.
Aquí viene el meollo clásico sobre los escritores de mapa y los de brújula, que son lo que planifican de principio a fin su novela contra los que la comienzan y se dejan llevar. Los primeros lo tienen todo pensado, cada cabo bien atado, los segundos es fácil que se pierdan, pero logran esas escenas donde no sabes qué va a suceder pues ni el propio autor lo sabe. Creo que lo suyo es un punto medio, saber de antemano sobre qué vas a escribir, documentarse bien, tener claro lo importante de la trama y entonces lanzarse sin miedo, dejándote llevar. Por otro lado, no hay que cerrarse y negarse a modificar ciertas partes. Puedes tener una idea mejor o darte cuenta que tal parte mejora al ser cambiada o eliminada. Si lo suyo es sorprender y dejar contento al lector, lo mejor es lograr que eso mismo te suceda a ti al escribirlo, y planificarlo puede matar un poco la esencia si se abusa de ello.


Varía tu lenguaje:

Otro supuesto mal consejo contradicho por algún vago. Si uno lee en cantidad, ni se da cuenta de la variedad de su lenguaje. Si uno está limitado en su lenguaje, que no se excuse, que lea un poco más y abra esa perola. También se aplica a lo de si repetir o no palabras dentro de un mismo párrafo. Como se sabe, lo suyo es un punto medio, y no creo que pase nada porque suceda de vez en cuando. Si es a cada momento, hace sospechar de la capacidad del escritor. También sucede que a los mejores escritores ni se les nota cuando repiten a cada momento una palabra. No hace mucho leí una entrevista sobre Alan Moore donde se refería a cierta palabra una y otra vez. El tema era tan interesante que ni me percaté, sólo al revisarlo me di cuenta de la repetición de la palabra, pero no me importó porque su discurso resultaba estimulante y esclarecedor, lo que eclipsaba cualquier aparente fallo.
Con la variedad de palabras que posee nuestro idioma, como para faltarle al respeto.


Tienes que juntarte con otros escritores:

¿En serio esto es tratado como un mal consejo? Vivamos todos en nuestras torres de marfil, por supuesto, nos aislamos de los colegas del gremio, claro que sí. ¿Qué van a saber ellos? ¿Qué consejos y experiencias puede darnos alguien que trata y lee sobre los mismos temas que nosotros? Encima que los contactos son necesarios para colar la pata en tal o cual lugar. En fin…
Ya lo decía mi abuela, que una de las mejores experiencias de la vida es conocer a gente, y ella sabía mucho sin apenas haber leído. Hay que tener amigos hasta en el infierno. En muchas ocasiones las personas son más interesantes que los libros, y rodearte de gente afín es estimulante. El mero hecho de unirte a un foro o chat de escritores ya motiva a escribir. Compruebas otros métodos de realizar los mismos ejercicios, aprendes detalles que se te escapan, compites por mejorar y de paso te diviertes.
Quiero creer que quien diga que juntarse con otros escritores es malo es por culpa de malas experiencias. Como en todo campo artístico, hay mucho ególatra, envidioso y competidor que no soporta que alguien le enseñe o tenga esas mismas tareas y objetivos que le hacen creer tan único y especial. Hay un tipo de persona que, en verdad, son resignados con máscaras de sabelotodo que no podrían aguantar ver a alguien consiguiendo lo que ellos no han podido. Su propia sabiduría les estanca. Se creen haber dominado la vida, y si ellos no lo han logrado, oh, tan capacitados y elegidos que son, ¿cómo va a poder el resto? Déjalos ahí en el centro del mundo: están completamente solos.


No escribas un género menor como Fantasía o Ciencia-Ficción:

Este sí que es un mal consejo. Por suerte este prejuicio ya se ha superado. Hoy en día cierto elitismo se desvanece y hay autores reconocidos y de peso en cada género posible. La Fantasía y la Ciencia-Ficción tienen mucho que contar, cantidad de ejemplos existen que lo demuestran. Me temo que hasta que uno de estos autores no gane un Nobel, nadie los va a tomar en serio, aunque ya pocos quedan que no hayan leído y disfrutado/aprendido con obras de estas características.


Escribe para vender:

Si te dedicas a esto por el dinero, mejor que te eches el cubo de realidad lleno de agua fría cuanto antes. Puedes ganar dinero, pero no para vivir. Es mejor no hacerse ilusiones, aunque eso no significa que no lo intentes. Se dice que para vivir de escribir es necesaria la constancia (disciplina, perseverancia y superación que dice Murakami), y la clave es lograr un buen catálogo de libros escritos para comenzar a ver beneficios. Sin embargo, una vez estés metido de lleno en la obligación de escribir, puede que te arrepientas de lo que deseas.
Se idealiza la profesión del escritor por culpa de la fama de los mejores. ¿Conoces de algún escritor feliz? Sí, en entrevistas y artículos. Pero no dejan de tener problemas, y se dice que de entre todos los artistas los más propensos a problemas mentales son los escritores, tan acostumbrados a ir entre la realidad y la ficción cada día. Al final se maneja tal cantidad de datos y se acumulan tantas ideas que no puede ser sano, con la obligación de escribir las dos mil o tres mil palabras diarias si queremos cumplir con el plazo. No deja de ser un trabajo de ocho diarias. Encima no tan bien cotizado.



Conclusión:

El problema de los consejos, como ya dije, es que no dejan de ser subjetivos, ambiguos según la experiencia de la persona que los escribe o los lee y quizá condicionantes. No dejan de ser una guía o esbozo para hacerse una idea de cómo funciona esto de escribir. Al final lo que cuenta es la experiencia personal, ¿y quién si no mejor que uno para conseguirla? Es que no hay otro modo, al final siempre depende de ti mismo conseguirlo, asúmelo.
El problema es que los escritores somos de hablar/escribir mucho. Es la manía lógica, lo tengo comprobado por los foros y blogs que visito, donde hay más palabras que en foros de música por ejemplo, que hay gente más acostumbrada a escuchar/leer. Solemos perdernos en nuestros propios discursos, pues para ser escritor se necesitar de cierto ego (uno que de normal no es dañino, ojo), y divagar es nuestra especialidad. Lo que concluyo de este hecho es que se debería gastar esa energía en escribir ese proyecto de nuestras vidas, en lo que pretendemos entregar al mundo por ver qué sucede. Quizá lo terminen leyendo los más cercanos y algún lector casual, pero si funciona, el boca a boca hará el resto. Insisto que no te hará rico (eso tampoco va a solucionar tu vida, asúmelo de una vez), pero habrás compartido y las personas reaccionarán en consecuencia. Eso es de lo más hermoso de la literatura, el aportar tu modo de ver el mundo y que los demás surjan cambiados de esa experiencia y por lo tanto siendo mejores.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Para el día de mañana, que es cada día, Mujer Trabajadora


—María, ¿está ya la comida o qué?
En esa María asoma por la puerta del comedor. Porta con las dos manos una escopeta enfocada hacia Pepe. La dispara, y el hombre en el sillón se sacude al tiempo que su interior se exterioriza en forma de lluvia sangrienta, sucesión acompañada del estruendo poco musical que retumba en cada pared. El hombre queda con la cabeza ladeada para siempre.
La mujer desciende el arma con calma, como si ya no soportara el peso. Exhala su interior con un resoplido.
—¡María! ¿Qué no me oyes? ¡Que me traigas una cerveza!
María despierta del ensueño. Está fregando en modo automático. Decide ignorar a Pepe hasta que éste insiste, esta vez acompañado de un crujido del sillón. Deja el vaso, se seca en el paño lo más rápido que puede y se dirige al frigorífico. Una vez abierto, se detiene como hipnotizada observando la luz del interior.
Cuando Pepe está a punto de chillar, María asoma por la puerta del comedor. No lleva la cerveza, sólo porta una expresión de dureza.
—¿Y la puñetera cerveza?
—Me voy a la manifestación. Búscatela tú.
Y María se desplaza y desaparece del marco.
—¿Manifestación de qué? —grita el hombre sin levantarse.
—Por los derechos de las mujeres —María responde desde la lejanía. Se escucha un ruido de llaves.
—¿Qué dices? —dice al tiempo que forma una sonrisa—. Y será verdad.
“Ese es el problema” piensa María “Que no nos toman en serio hasta que es tarde”.
La puerta de la casa se cierra, dejando a Pepe con el eco.

De camino a la plaza central, María observa por las aceras a mujeres que marchan en la misma dirección. De los portales de los edificios van surgiendo más. Camina y observa esa imagen con satisfacción, hasta que se percata que en esa calle hay una tienda de armas de caza. Se detiene en el escaparate y analiza una hermosa arma de doble cañón. Sonríe. Enseguida borra su expresión y piensa que tampoco es solución.
Y continúa su marcha, sabiendo que piedra a piedra se edifican los grandes ideales. Sólo es necesaria la unión que sirva de cemento. Una unión entre todas, y todos.

lunes, 26 de febrero de 2018

Reseña de El Alma Torcida



Esta reseña forma parte de la iniciativa #bloggerseindie

Cuando por fin tuve tiempo para adentrarme en este libro, descubrí el error de no haberlo leído antes. En el mundillo de los escritores independientes es normal encontrar reseñas dispares o incluso bastante duras. Sin embargo, Con El Alma Torcida parece haber una unanimidad positiva. No es para menos, pues aparte de leerse rápido y con gusto, aporta experiencias realistas donde poder aprender o sentirse identificado, recordando los errores en común con sus personajes para entonces sonreír y saber que fue necesario para mejorar, siempre cambiando por el camino mal asfaltado que es la vida.
Su filosofía no es barata, aunque sí sencilla, y eso lo hace asequible a toda mente. Es limpia su narración, y eso crea una obra sincera. Tan abiertas son sus palabras, que emocionarse y empatizar con los narradores es tan fácil que resulta admirable, sumergidos en esos mundos personales desde el principio. Otro mérito es condensar tanta idea en tan poco espacio de páginas, sin que resulte abrumador o amontonado. Discurre como el agua por un canal, con calma sugerente para que nos dejemos llevar.
La trama no es compleja, o acaso lo es tanto como la vida misma. Es tan cercano que no necesita de cabriolas narrativas para convencernos. Sabemos de qué habla la historia en todo momento, y logra que queramos imitar las decisiones de los personajes: de eso trata la historia, de decisiones bien o mal tomadas. La vida plasmada en papel.
Otro punto interesante es la fusión con la música. Como músico y escritor suelo realizar lo mismo, y es harto recomendable y efectivo. En esta ocasión se nos ofrece leer el libro al tiempo que dos clásicos del Rock: The Dark Side of the Moon y el Wish You Were Here, ambos de Pink Floyd. Aquí el autor se puso las canciones y se dejó llevar, lo cual se nota al iniciar a partir del título de la canción, sin importar su letra. Ni falta que hace, pues el objetivo es expresar lo que uno siente y piensa, la visión personal del mundo gracias al arranque inspiracional de la buena música. El lector puede perderse con ciertos términos musicales, aunque son momentos puntuales, logrando que nos dejemos llevar por los compases en ciertos párrafos donde el autor se desata con pura pasión musical contagiosa.

En resumen, un libro más que recomendable, ya sea por su fluidez al leerlo, por su verdad irreprochable, o por la fogosidad de algunos de sus pasajes. Si te gusta la música, sube puntos. Aunque no es vital, pues saldrás de sus páginas aprendido/a.

viernes, 5 de enero de 2018

Qué sucedería si se respondiese a "¿Dios existe?"


De poder saber con certeza, al 100%, la respuesta a ciertas preguntas imposibles, todo cambiaría.

Por ejemplo, ¿Dios existe? En caso de obtener un sí irrevocable, la humanidad entera se tornaría creyente, lo que provocaría un cambio de costumbre global, todo gobierno se adaptaría a la religión, rutinas con nuevas esperanzas que igual siguen sin llegar en vida, enfrentamientos al interpretar cada uno cómo es Él y su intención, forzadas conductas de bondad por ganarse un hueco en el otro mundo... Suscitaría más preguntas, y una inquietud universal al, no ya sentirnos ínfimos flotando en el infinito, sino ante una deidad imposible de comprender, pero que está ahí, que es imposible de negar y eso afecta o incluso duele, porque existe y no es por ti ni por nadie, y a su vez te creó sin un motivo claro. Es el padre  o madre que jamás se presenta en casa.

De ser no la respuesta, aumentaría la desmotivación. Habría un pensamiento generalizado sobre que cada humano existe de casualidad y que ha venido para nada, lo que provoca enfrentamientos. Gran parte del pasado de la humanidad pierde sentido y delata una ignorancia violenta, si acaso no una vergüenza letal. La religión se extingue y aumentan los delitos, porque no se teme a un supuesto infierno o moralidad castigadora, no se toma en serio leyes impuestas por otros tan insignificantes como ellos mismos. Los que ya eran no creyentes humillan a los que lo fueron, excediéndose. El nihilismo está a la orden del día, y la gente de fe no tiene donde aferrarse, decayendo  en la nada interior.

Tanto en un caso como en otro, todo cambiaría a una posible confusión general. Aunque, estos sucesos ya ocurren, sólo que se basan o apoyan en la incertidumbre. Que se realizaran desde la certeza los haría genuinos. Hay preguntas que mejor no responder.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Infancia e Idealización


De niños nos educan en aprender a idealizar, un acto natural que no se preocupan que evitemos. Nos llenamos de obras idealistas, aprendemos y crecemos junto a ellas. Y de repente, toca madurar, y te golpean por todos lados, te enseñan sobre crueldad viviéndola, y ninguna pregunta es respondida. Las obras idealistas van perdiendo nuestro interés, y las obras más realistas duelen en la asimilación. Comprendo el lento camino hasta la madurez y la comprensión del dolor diario, pero a veces me da la impresión que de querer proteger a los niños, acabamos por ponérselo más difícil, engañando de más su ilusión aunque sea sin querer. Deberían existir obras infantiles que terminen bien, sí, pero también alguna mal y otra de forma ambigua, para que el niño vaya sopesando opciones, que en la vida no hay nada definitorio y que los grises son las herramientas que usaremos. Si van a idealizar o soñar, que lo hagan con responsabilidad, que todo es posible en su justa medida basada en las circunstancias, que no suelen parecerse a las del héroe o heroína de turno. Sin embargo, esas circunstancias se pueden mejorar/superar, de ahí el saber usar la idealización para enfocarla como objetivo realista que cumplir.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Busco por una Comunidad de Lectores


Busco por lectores antes que autores.
Por gente acostumbrada a escuchar antes que a hablar / A leer antes que teclear.
Por lectores que bucean al fondo y no se quejan del color del agua. Que no les asusta la espuma del vertido y que saben que en lo oculto está lo nuevo, lo que queda por descubrir.
Busco por aquellos que valoran una trama y se enamoran de un personaje, que no derrumban un mundo entero porque aprecian una muesca en la columna.
Ando buscando aquellos que analizan la complejidad de construir una escena, que aun mal decorada puede cumplir su objetivo (si acaso no sucede que siguen sin ver que la mala decoración es intencionada).
Busco por aquellos que se dan cuenta que la perfección en la forma delata carencias inconscientes. Que de tan bien hablados no dicen nada.
Sé de gente que ha leído más que escrito, y eso les da el don que tanto ansían y rebuscan los autores.
Anhelo sinceridad con respecto a la creación, a gente que saboree el río y no se queje de lo sinuoso que resulta.
Conozco de personas que han crecido tras un viaje, y ese es mi objetivo. Si te resistes a ser cambiado, las probabilidades te delatan.
Huyo de los que ya asumen ciertas normas, que saben ya cómo hacerlo y siguen en las mismas aunque encuentren opiniones contrarias.
Rehúyo de los escritores que escriben para otros escritores. Da la impresión que subestimen al lector. Si uno es sincero, sin segundas intenciones como intentar demostrar de qué se es capaz, hasta el lenguaje complejo y/o completo se lee con rapidez.
En la inocencia o pureza del verdadero lector es donde más aprendo. Su opinión carece del recelo del artista, y puede llegar a quererme tal como soy aun por mis defectos.
El lector no tiene nada que perder, no se juega una supuesta reputación ante la masa que ignora este submundo. Aquellos que intentan labrarse un camino tan fútil como irreal se toman en serio hasta el juego más evidente.
El orgullo del lector es luchar por leer y aprender más, por encontrar su libro. El del autor medio es competir y demostrar contra el mundo entero, sin percatarse que su competición es de un único participante.
Al lector es fácil atraparlo en géneros, no es perfecto, pero al menos se convierte en un experto que no aprendió de normas, sino de intuición. No quiero hablar de imitadores y reglas a rajatabla sobré según qué concepto, género o percepción.
Busco por aquellos que te conciben como una persona tras las teclas, y no como otro ente-piedra en el camino.
Los lectores no crean máscaras.
Rebusco por lenguajes llanos pero auténticos, por reseñas poco perfectas o alejadas del conocimiento técnico que me hablen de lo que aún no sé de la forma de ser de mi creatividad.
No quiero a nadie que me diga cómo tengo que hacerlo. Mucho menos condescendencia del mal actor. Quiero saber quién soy, y en la guerra de los egos jamás me podré encontrar.

Y es que observo cantidad de ironías cuando veo por foros, amazon y comunidades por autores que se venden a cambio de reseñarte si lees su libro. Una tristeza en esas presentaciones de libros como si ya fuésemos la estrella de una editorial que nunca llega. Nos compran los amigos, familiares y conocidos de la red. Un lector real te identifica enseguida y no pasa de las primeras páginas; ya se sabe todas las trampas o trucos. En el fondo sabes que se te da mejor el spam. Otro escritor del mundillo dará la impresión de triunfador, pero como dijo aquel autor: todos nos sentimos perdidos, sólo que unos disimulamos más que otros.
No todo es escribirlo a la perfección; que la vista y la educación lo agradece, se sabe, y delata a un trabajador cuidadoso, pero también hay unos actores creados para el momento, con sus rasgos y detalles. Entre líneas se cuenta otra historia, lo que no se dice. Quien lo percibe se delata como lector ideal.
Hay autores que leen, se cuenta, aunque a veces me da la impresión que son expertos escenógrafos, camarógrafos y productores. Se olvidan del porqué El Quijote inició su viaje y cómo lo terminó. Se olvidan de todo lo que vivió y del humor irónico imperante. No parecieron aprender del bueno de Sancho, y de las crueldades en sociedad que aún perduran. Parece que es más importante que fuese la primera novela moderna, de que es harto largo, casi infinito, y que lo enseñan en el colegio o instituto, que forma parte de nuestra cultura, aunque no nos preguntemos realmente el porqué. Todo se sabe leyendo, y los libros no son lo único que es posible ser leído.
Y ahora, si has leído entre líneas, sabrás que lo de El Quijote es lo de menos.

martes, 14 de noviembre de 2017

Ya Basta: sobre el Presente que ya es Futuro



Este artículo surge al escuchar sobre el dato que asegura que más de la mitad de los jóvenes de entre dieciocho y treinta años no tienen un objetivo claro en su vida, incluyendo una estadística similar que afirma que cada vez más jóvenes toman anti-depresivos. Estos datos se aplican a España, asustado por si me da por buscar a nivel mundial.
A mí me pilla más adulto con respecto a esa generación, pero la comprendo, pues he vivido el cambio del paradigma moderno, basado en la masificación de la tecnología de comunicación. Viví la época en que había novedades tecnológicas cada uno o dos años, pasando a presenciar un acelerón del que todos ya nos adaptamos conforme se postea la novedad. Tanta velocidad y prisas, ¿es bueno? Nuestro cerebro va evolucionando de generación en generación, pero ahora en una única generación de personas vivimos gran cantidad de cambios y… “experiencias”.

Para comenzar mi alegato, diré que somos víctimas del “Do it Yourself”, una relevación de responsabilidad hacia uno mismo. Somos los causantes de todo lo que nos suceda en la vida. De acuerdo, pero con esa premisa se nos culpabiliza hasta de situaciones que nos son ajenas. Mis temporadas como “Nini” son un infierno, pero porque así me lo han inculcado para que lo sienta. He escuchado a cercanos que, si no trabajas, no tienes derecho a nada, que no debería ni votar ni opinar sobre política o sociedad. Uno tiene más tiempo libre y puede informarse de la actualidad, pero sin embargo no se te tiene en cuenta, surgiendo esas miradas automáticas de superioridad o desprecio, pasando por la clásica indiferencia que cambia de un día a otro a interés si ya tienes trabajo. No les puedo culpar, así les han enseñado o han aprendido de verlo alrededor. Todo esto provoca una sensación diaria de inferioridad y marginación, lo que explica bien ese dato sobre anti-depresivos entre los más jóvenes. Se ha creado una generación nihilista que se siente culpable sin tener toda la culpa de un problema que resulta nacional, si acaso no mundial. Somos gente invisible, pues no somos el problema de nadie. Nos dicen que nos busquemos la vida, que es lo que hay, pero aunque les expliques que hay semanas que mandas más de cien currículums para nada, no terminan de convencerse, siguiendo en sus trece de que algo haces mal, que no puede ser.
Recuerdo que cuando terminé mi época de estudiar encontré trabajo enseguida. Fue terminar de ese primer trabajo que encontré otro en menos de un mes. Dos años después presencié la primera señal del cambio cuando esa empresa, bastante grande, fue disminuyendo su plantilla, estando incluido en los múltiples despidos. En apenas dos meses, encontré otro trabajo. La gran empresa donde aprendí tanto ya no existía. En este nuevo empleo me vi afectado por primera vez de cobrar menos del mínimo, de realizar horas de más y sin contrato. Cuando ya podían arreglárselas con uno menos, me dieron puerta como si nunca hubiese estado allí. Era la primera vez que vivía una situación así, incluso la primera vez que sentía que deseaba irme de un trabajo o directamente no ir, tan acostumbrado a lo que debería ser de por ley. Qué ingenuo, aunque a los meses de nuevo trabajaba. Dicha empresa también cerró, y supe entonces que no era mala suerte, que algo sucedía. Años después, me he pasado que si en cursos inútiles que ofrece el paro y trabajos precarios donde lo que produces y aprendes es casi anecdótico. Supe que algo iba mal, pero el hastío y el peso de “ser diferente” comenzaron a cegarme, quedando con la cabeza gacha durante ciertas temporadas. Me sentía horrible, un paria a pesar de haber hecho lo que me dijeron que debía hacer y que era lo correcto.
Es entonces que me pongo en situación de los que son más jóvenes. Ellos van con promesas mientras estudian, y al salir, hallan un vacío. Tienen la cabeza llena de ilusiones de un mundo donde todos tienen derecho a triunfar, contaminados por el tópico de película Disney, literalmente. Si apenas consiguen un primer trabajo digno, ¿cómo van a saber qué es eso? Se malacostumbran, y se quejan por lo que han oído o leído de otros, no por experiencia propia. Poco a poco hay más Ninis, pero son creados por las circunstancias de un problema enorme que aún nadie ha sabido —o querido— explicar con claridad. Se van encerrando en sí mismos, siendo felices dentro del ilimitado mundo de las distracciones que ofrece Internet o la nueva forma de hacer televisión, los videojuegos, o el auge de las series. Nada de esto es malo pero tampoco bueno, es lo que es y se ha convertido en un modo de vida. En cierto modo la película Disney se ve realizada, aunque sea en un aspecto más íntimo y, por lo tanto, secreto. La única suerte que tienen es que se tienen unos a otros, los únicos seres humanos que comprenden porque viven la misma situación, compartiendo un ensueño colectivo a diario con juegos on-line, WhatsApp, foros de temáticas muy específicas, etc… sin llegar a asimilar que nada es para siempre, ajenos a base de entrenar la voluntad sobre que tarde o temprano esa realidad inquebrantable se los tragará. De mientras, queda disfrutar lo que se pueda.

Somos generaciones estigmatizadas, víctimas de algún gran error ajeno del que no terminamos de identificar su procedencia. No obtenemos respuestas, no avanzamos, y esa incertidumbre carcome. No tenemos derecho a nada, y aunque consigas un empleo, sigues igual porque no es un trabajo digno a como citan las normas populares que nadie escribió pero que todo el mundo conoce. ¿Trabajas en X cadena de comida rápida? Qué mal está la cosa tío, te dicen, mientras que en el fondo ya te están etiquetando y definiendo. Los días pasan y son cada vez más oscuros. Para algunos ya lo son del todo, pues se oculta el dato sobre que el índice de suicidios ha aumentado. Sé que no se informa sobre ello para evitar una conducta espejo, pero sucede igualmente.
Como sedante ante el dolor e incógnita sobre el futuro personal, existe el entretenimiento, como he indicado antes. Me fascina a su modo el aumento sobreexplotado de ficciones de todas las índoles. Por ejemplo, ahora todo el mundo ve series. Siempre ha sucedido, pero ahora es un modo de vida que en el fondo me asusta, una especie de evasión auto-impuesta y constante que parece relacionada con el disgusto de nuestra propia vida; cuanto mayor es la infelicidad en nuestra vida diaria, más se consume entretenimiento o se practica cualquier tipo de ocio, pasando el deporte a esta categoría para cierto grupo de personas hasta el punto de considerarse moda.
No pienso enarbolar el tópico de que la televisión o similar es mala, lo peor que existe y que corrompe a las mentes y por lo tanto a la cultura. Me limitaré a ser un observador, como todo narrador debe ser, a un consumidor más dando una opinión personal a lo que observa y vive sin intención de imponer.

Comenzaré señalando sobre mi teoría sobre el origen de la ficción como entretenimiento. Antes que didáctica, fue evasiva. Los primeros seres humanos vivían bajo una presión de supervivencia que es imposible imaginar. Sus comodidades era no pasar frío y tener el estómago lleno, siempre con el rabillo del ojo alerta por el peligro constante de otros depredadores. Surgió así el primer gran mentiroso, que exageraba la verdad para cosquilleo cerebral del resto, cuando no actuaba solemne y contaba una historia que bien podría ser real. Entre esos relatos del cuentacuentos primigenio (donde además se pueden incluir a los primeros músicos o creadores de ritmos), habían historias sobre tribus o manadas más desgraciadas, devoradas por fieras exageradas. Puede que en verdad el primer relato surgiese de una desinformación o rumor tergiversado, por lo que la esencia es la misma. El prehistórico iba entonces a cazar con esa historia en la cabeza, aliviado al saber que otros habían tenido peor suerte, o inspirados por la leyenda de un gran cazador imbatible que alimentó él solo a su poblado, viviendo una larga vida que, para el promedio de edad de entonces, era casi como un inmortal.
De ahí nacieron los primeros seres pensantes que deseaban ser historia. Milenios después, la televisión ha funcionado y funciona del mismo modo. ¿Quieres formar parte de la conversación de los demás? ¿Ocupar por un momento sus mentes? Participa en nuestros múltiples espectáculos de usar y tirar.
Y es que la ficción no deja de ser una mentira, y de la peor si no se tiene control, pues te puede transportar a otra realidad donde no existe ese futuro que tanto temes a diario. Remarcaré de nuevo que la televisión no es peligrosa ni dañina ni parecido, pues, al igual que con Internet, depende del uso que le des. Aunque, relegar la responsabilidad a uno mismo y a nadie más, ¿de qué me suena? Quizá la excusa sobre que de algún modo nos culturiza, es de los grandes placebos mejor inventados. Siempre recordaré la reacción de un amigo más joven cuando le conté que también existe la cultura basura, tomándolo como una ofensa. Esas reacciones sólo dan que pensar.
Una relación que no puedo evitar ver es, cuanta más presión y exigencia se nos solicita en la vida, más consumo de ocio se produce. Sin embargo, se exige realismo, de mis ironías favoritas cuando se trata de ficción. Cada vez se pide más realismo y veracidad en las obras de ficción, en la que sea. Parece como si la mente evolucione percatándose más y mejor de la falsedad de la ficción, exigiendo más certeza para poder creerse la mentira y evadirse del dolor existencial. Cuanto más elaborada esté la mentira, mejor para creerla y sucumbir a su placer, convirtiéndonos en otro que nada tiene que ver con nosotros mismos, ese ser tan lleno de responsabilidades. Y es que las primeras farsas ya son en el colegio, donde con compasión cruel no nos preparan para lo que se avecina, creciendo a base de decepciones donde alguna, digo yo, se podría evitar; somos seres que crecen y maduran a base de decepción. Lo raro es que sonriamos más de un día seguido.

Es entonces que regreso a las generaciones menores de treinta años. Pienso en la ficción que consumen, en los autores e ídolos que les son ejemplo y… me desconcierta, pero porque no sé cómo va a ser su futuro. Si apenas sé cómo va a ser el mío, el suyo es más incierto todavía.
Tengo a varios autores que me mantienen los pies en el suelo o me dan golpes de realidad. Gente como David Foster Wallace me hablan de la realidad, de los detalles que la complementan y que me hacen fijarme hasta mejorar como persona. Pero, las generaciones actuales, ¿a quiénes tienen? Pienso en los youtubers y me da escalofríos. En una actualidad que prima por la inmediatez, ¿cómo se tomará a autores como Thomas Pynchon? Imagino una cabeza explotando, pero la realidad es que comenzarían uno de sus libros y se distraerían enseguida con otra actividad para después pasar a otra, siendo lo más realista que ni sepan del libro si su “influencer” de turno no lo recomienda.
Pienso en los escritores que se leen ahora y me doy cuenta que no desconectan de la ficción más mentirosa, pues las novelas juveniles actuales se asemejan a descripciones sobre una película. No es ningún complot para vender más o algo así, la verdad es que los nuevos escritores se crían con el cine antes que con las experiencias reales (de hecho yo he escrito novela como si de un cómic se tratase, tan criado por estos).
Un narrador es un observador y describe a partir de lo que conoce, ha visto y oído. Si todo su mundo se basa en la ficción encuadrada en pantallas, ¿cómo esperar leer con el tiempo a otro autor de la talla de los clásicos? Y es que éstos eran de una era pre-televisión, por lo que tenían más nociones de realidad, donde su entretenimiento y aprendizaje cultural relacionado con las historias seguía siendo el boca a boca o el reunirse en grupo a contar cuentos y rumores.
Las influencias actuales son maestros de la mentira que viven en un mundo propio que es mentira, más exagerado aún a la época en que sólo predominaba la televisión. Se sale cada vez menos de casa, y si se hace nos encerramos en el móvil. La realidad que dominamos al narrar se basa en relaciones no naturales, donde conocemos a personas que se esconden detrás de un avatar. Llega la hora de quedar en persona y vemos que el personaje es distinto, y algunos no soportan esa verdad, les duele, o incluso imitan entonces a sus avatares de la red, resultando entre extraño, inquietante o cómico ver esos comportamientos. Ciertos rasgos de la personalidad son sustituidos por la ficción/imaginación de otros; el humor ahora es más de “meme” o situacional ajeno (de temas graciosos que a otros les ha pasado o han dicho, en lo principal youtubers) y eso me incomoda, mientras que a las nuevas generaciones les es normal, por lo que será la norma.
De hecho el modo de imaginar es distinto, siendo limitado como digo a las normas de creaciones ajenas. Recuerdo que de niño imaginaba en plan dibujos animados, y hasta que no aprendí a imaginar situaciones factibles en imagen real, no comencé a madurar en ciertos aspectos. ¿Quién no dice que esa madurez tardía cada vez más común no se deba a esa capacidad limitada de imaginar? Estancada por la falta de experiencias reales en ese mundo lleno de personas feas comparadas con el famoso de turno, que dan entre miedo y respeto debido a poseer una imaginación exagerada, descontrolada y prejuiciosa.

Y es que veo que cada vez hay más frialdad con respecto a lo real. Los bebés que ya crecen con el móvil en la mano van a ser personas introspectivas e introvertidas, llenos de sentimientos ocultos y de un fondo al que sólo se podrá acceder si uno chatea con ellos, apareciendo el autismo tecnológico. Seremos uno con la máquina, aunque más mental y con los sentidos que físicamente. La vista verá mejor de cerca, con lo que las actividades relacionadas con mirar lejos se complicarán a menos que se usen aparatos o robótica.
Habrá tal exceso de información que cada postura u opinión se podrá contradecir con un supuesto estudio o artículo. Todo pensamiento será rebatido al instante, y la gente será tan ambigua que cada vez se dejará llevar más. Por otro lado, existirá la verdadera indiferencia, pues tal cantidad de información ya nos está insensibilizando, importando más conseguir titulares del tipo “Mientras se estaba escribiendo este artículo, se ha extinguido otra especie animal”, por lo que será más una anécdota que una información que terminemos de asimilar como real. Se leerá cultura y noticias sólo para poder comentarlas, nada de concienciarse o alimentar el interior con gusto, porque en el fondo poco nos importará o no terminaremos de tomarlo en serio del todo.
Los sucesos del mundo serán anecdóticos, y la gente que consume constantemente la anécdota acabará teniendo vidas como tal, lo que es peligroso cuando se trate de enfrentarse a un problema real que atañe a todos, a menos que me equivoque y tal golpe de realidad nos despierte al fin del sueño.
Como demostración, imagino a personas observando de lejos cómo se acerca una onda expansiva de un modo muy lento, casi imperceptible aunque demostrable, medio cegados, comentándola siempre con suposiciones, buscando por información para comprenderla y presumir al explicarla a otro, el cual contradice a su vez con la desinformación inconsciente que ha encontrado con su buscador de confianza… todos arrasados por la onda.

En resumen, somos unas generaciones de nihilistas involuntarios. Este hecho me preocupa desde hace tiempo, escribiendo un relato sobre el tema en clave de Realismo Sucio. Sobre este artículo surgirá la clásica opinión que contradice, la que apoya, la que añade y la que se desvía. De nada servirá aunque opinen un millón de personas, todo seguirá igual y esto quedará como, bueno, una anécdota. Haremos como que nos concienciamos sobre el tema, pero la rutina de nadie cambiará. Por dentro ya sabemos las respuestas a muchas penumbras de la vida, y sin embargo no hacemos nada. De nada sirve leer y leer hasta ser el más sabio, pues si no se aplica nada cambia. Habrán existido sabios mejores que Sócrates o más inteligentes que Einstein, pero se quedaron vete a saber dónde porque todo lo sabían pero nada hicieron. El mero movimiento, por ínfimo que sea, ya produce acción, y la necesidad de escribir este texto ya me hace sentir y mentirme a mí mismo que estoy haciendo algo, lo que sea, que ya hago más que aquel que calló y se ocultó a la espera de una revolución o cambio que no llega y de la que en el fondo sabe que no participará por pura cobardía.

Da lo mismo la cantidad de palabras que escriba aquí, pero escribirlo demuestra esa parte de mí que considero real, que aclara que de ser mentira mis palabras, no podría haber elaborado un texto tan extenso lleno de relaciones. Se leerá, se pensará, se improvisará o no una opinión del momento y una anécdota más para la colección de las que llevamos en esta vida. La memoria archivará y comprobaremos que el mundo sigue dando vueltas, como cuando muere alguien.

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